miércoles, 26 de enero de 2011

TIEMPO DE PODA


El otro día estando en oración, me vino al pensamiento que el día anterior había visto a los obreros del ayuntamiento podar los árboles que están delante de mi casa. En ese momento pensé que siempre me había dado pena este tiempo: me gustan los árboles frondosos, me encantan con mucha hoja, esos que dan una fresca sombra en momentos de calor. Y veía cómo esos árboles que aparentemente no tenían necesidad de ningún recorte, perdían sus hojas y sus ramas bajo las motosierras de los obreros. También se me pasó por la cabeza que sería buen momento para podar los geranios de mi balcón, que estaban ya un poco castigados por los fríos del invierno y también, la verdad, porque al no salir tanto fuera por el tiempo, les hago menos caso. Y entre esos pensamientos se me iba pasando el rato de oración (así ando muchas veces... voy y vengo entre mis distracciones, con lo que me cuesta centrarme...)
A veces, si durante la oración he tenido algo insistentemente rondando en la cabeza, me gusta anotarlo en el cuaderno o agenda (siempre a mano... –ya lo sabe más de uno...-) por si a lo largo del día, o de la semana, vuelve a aparecer con otra forma o en otro sitio y me puede sugerir algo que me pueda despertar. Esa mañana solo puse: “Tiempo de poda”.
Me quedé en ello un rato más trasladando el tema al apartado espiritual. Se me sugería (seguro que era el Señor) cómo nos cuesta también a nosotros “dejarnos podar” de nuestras cosas. Porque molesta y duele. Y preferimos a veces, mantenernos con las ramitas y las hojitas un poco más frágiles, a lo mejor con menos fuerza y brillo, con tal de no pasar por la molestia y el dolor de los tajos. Y sin embargo, qué diferencia, después en el tiempo de florecimiento o de recolecta entre las plantas que han sido podadas y las que no.
Alguien pensará que cada cual ya ha tenido buenos tiempos de poda en su vida y que ya vale... pero los árboles también a pesar de haber sido podados años anteriores sufren nuevas podas todos los años. O sea que, una poda nunca es definitiva.
Hoy, cuando leía unas hojas que tenía atrasadas, en medio del tema sobre el cual iba tratando la lectura, empieza de repente a utilizar el ejemplo de la poda para llegar a lo que quería llegar a expresar. Y a mí, la antena se me ha disparado, claro: “La poda...” Pues sí, hablaba sobre ello, sobre la importancia de una buena poda para poder dar buenos frutos en la viña del Señor.
Pues sin más, dejo mis comentarios y escribo lo que ponía sobre ello que siempre será más interesante que las reflexiones raquíticas que yo pueda hacer. Está basada en el capítulo 15 de San Juan, 1-8, “Yo soy la verdadera vid...” y comenzaba diciendo:
“Cada árbol se conoce por sus frutos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos y viceversa. El fruto no es el resultado desnaturalizado del árbol sino algo natural. Los buenos frutos son los mejores indicadores de que estamos injertados en el árbol del Señor. El Señor menciona 6 veces en 8 versículos que espera de nosotros frutos.
Pero para poder dar frutos es necesaria una desagradable operación que consiste en “dejarse podar”. La poda no corta al sarmiento sino algo del sarmiento. Quien no se deje podar terminará sin dar fruto. Es necesario pasar por períodos en los que el Señor nos pode. Es muy bonita la imagen, y hasta lo pedimos en momentos de devoción, pero cuando le vemos llegar con las tijeras.... Y es que el Señor nos poda en la carne, en nuestra humanidad, en nuestras ilusiones, pretensiones, alegrías humanas y en tantas otras cosas que nos duelen.
Acordaos de la parábola de la higuera: “un año más, Señor, espera un año más. Voy a cavar a su alrededor, abonarla y a regarla con cuidado, la mimaré con todo cariño”...
No debemos tener miedo porque tenemos un Paráclito que intercede ante el Padre. El Señor solo quiere podar y sulfatar. A una planta no le debe gustar que le echen los venenos del sulfato pero a pesar de lo desagradable de la operación sale ganando porque mueren los bichos que le hacen daño.
¿Qué es lo que necesita hoy ser podado en tu vida?
Sí, son buenos los tiempos de poda y purificación sufridos en nuestra propia carne, en nuestra humanidad. Es cuestión de dejarse hacer. Podemos pedirle al Señor en oración: “Señor, corta mi orgullo, mi crítica, mi falta de aceptación, mi falta de caridad, mi egoísmo, mi templanza, mis huidas....” Y la operación será dolorosa. Pero la poda solo tiene sentido en orden al amor, al vivir en comunidad, a la entrega y en general a todo lo que se refiere a dar frutos.
Hoy nos conviene recordar los últimos capítulos de Gálatas. En el capítulo 5, 16 nos dice: “Yo os digo, si vivís en el Espíritu no daréis satisfacción a las obras de la carne: lujuria, idolatría, enemistades, contiendas, celos, animosidades, rivalidades, sectas, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes”.
“En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí.” Contra tales cosas no hay ley, es decir, cuando actúa el Espíritu no necesitamos leyes.
Y yo me pregunto: en mi sarmiento ¿cuáles son las obras de la carne? ¿Qué es lo que está por podar hoy? ¿Qué indicadores de esos que menciona Pablo se dan hoy en mí?

2 comentarios:

Juan Antonio dijo...

Tremendo comentario, doloroso pero purificador y necesario, ello para darnos cuenta de que "nada somos" sin el sostén de Dios que nos ama, nos protege, y que algunas veces "escribe de forma que no podemos entenderlo", la poda espiritual es necesaria, y diria más practica, doy fé de que se sale mas fortalecido, aunque al principio es muy duro, y extraordinariamente lacerante.

Que Dios le bendiga

Monja de Clausura Orden de Predicadores dijo...

Hoy viernes ya puedes pasar a buscar el premio regalo de los 500 seguidores de Estoy a tu lado.
Con ternura
Sor.Cecilia
Estoy muy liada, otro día pasaré a lleer tu blog soís demasiados para esta pobre monja